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¿Escuchar más o menos música?

Foto del escritor: Wilfer Conde
Wilfer Conde
21 oct
7 min de lectura

Cuando decidimos introducirnos de lleno en la escucha musical, nos encontramos muchas veces con que suele ser difícil saber por dónde ir al principio, y al haber tantas opciones y posibilidades en un mundo que es infinito para cualquier oyente, es normal que muchos nuevos aspirantes a melómanos terminen cometiendo varios errores comunes o sucumbiendo ante la gran variedad de música habida.

Justamente en este artículo trataré de abordar una de esas grandes cuestiones que son de vital importancia para sentar los cimientos de una escucha sana, con intención, personalidad y calidad que lleve a las personas a convertirse en el «oyente ideal». Y es que, al principio, surgen preguntas como: «¿Debería escuchar grandes cantidades de música para experimentar la gran variedad de géneros que existen?», «¿Debería escuchar tantos álbumes al día como me sea humanamente posible?».

Y, aunque a simple vista parece algo de lógica (escuchar más cantidad de álbumes = más rápido aprender sobre música), la respuesta dista mucho de favorecer la cantidad de álbumes excesiva en cualquier momento de la vida del melómano. Aquí te contaré cómo sobrellevar esto que puede parecer abrumador al principio, pero que solo la experiencia de alguien que ha pasado por ahí puede asegurar una pequeña guía para que otros no cometan los mismos errores.

Primero, vamos por la experiencia personal, esa que te enseña a navegar por las arduas corrientes musicales. Cuando obtuve mi primer trabajo de tiempo completo por allá en 2020, varias cosas cambiaron en mi forma de escuchar música. Era yo aún un adolescente sin mucho conocimiento en música, no sabía qué eran cosas como Last.fm o Rate Your Music, y apenas estaba en algunas comunidades musicales en Facebook, principalmente de EDM y rock clásico.

También, la mayor cantidad de música que escuchaba por aquel entonces eran archivos MP3 descargados en el reproductor de mi teléfono. Fue justo en ese momento en el que mis ingresos me permitieron tener internet siempre y pasarme al streaming (sin jamás abandonar mis discos descargados). Entonces mis días se iban en el trabajo y escuchar música (tenía la facilidad de poder escuchar música en el trabajo) y al llegar a casa me pasaba mucho más tiempo en los grupos de música, ahora me empezaba a expandir por otros grupos y conocer mucha más música que antes no estaba a mi alcance.

A causa de esto, prácticamente estaba escuchando música todo el día, todos los días. En ese momento no era consciente de que escuchaba casi cualquier cosa con tal de no permanecer un segundo con mis audífonos en silencio. En parte esta rutina se fortaleció debido a que debía elegir rápido la música para no perder tiempo en el trabajo.

A inicios del 2021, cuando instalé Last.fm y creé una cuenta en Rate Your Music, empecé a ser un poco más organizado con lo que escuchaba y cómo lo valoraba. Empezaba a tener un poco más de criterio para escuchar música, aunque aún seguía escuchando maratónicamente como si no existiera un mañana, como si de mí dependiera escuchar toda la música del mundo y registrarla. Era una carrera contra nadie en la que yo era mi propio rival.

A decir verdad, cuando empecé a registrar en Rate Your Music toda esa música que había escuchado en ese tiempo, me di cuenta de que había perdido mi tiempo: prácticamente no recordaba mucho de lo que había escuchado, y lo que sí recordaba era música que ahora detesto y a la que le di las peores calificaciones. Tuve una enferma obsesión con superar mi propio récord de mayor cantidad de álbumes oídos en un día. Lo sé, suena patético. Recuerdo que presumí haber escuchado entre 15 a 20 álbumes en un día… ahora sé lo ridículo que eso suena.

Con el paso del tiempo, empecé a reducir drásticamente la cantidad de álbumes que escuchaba y a profundizarlo analíticamente. Empecé a preferir tener una escucha donde al final yo terminara aprendiendo algo y pudiera saber si me gustaba lo que escuchaba o no. También ayudó el hecho de que empecé a poner mis pensamientos sobre lo que escuchaba de manera escrita. Y así noté el gran cambio para bien que esto produjo en mí. Ahora no competía por estadísticas vacías, sino que almacenaba conocimiento de valor sobre lo que oía.

Es cierto que hay muchas formas de escuchar música y, a pesar de que todas son respetables, no todas son buenas. Unas están diseñadas para quienes no saben de música y no les interesa ahondar en el tema, y está bien. Otras, para personas que tienen la música no como un simple disfrute casual, sino como algo sagrado y de respeto. Si eres alguien que busca aprender, generar conocimiento a partir de lo que escucha, que está dispuesto a desafiar su propia comodidad con tal de beneficiarse intelectualmente de la escucha musical, que quiere hablar de música con soltura y sin enredos, entonces debes prestar más atención a la calidad de tu hábito musical que a la cantidad de música que escuchas.

Algo que me ha pasado al vagar por la comunidad musical es descubrir a oyentes que me recuerdan a mi yo del pasado: con cientos de canciones y enormes cantidades de álbumes escuchados al día. Y no es extraño que estos mismos oyentes no sepan hacer una reseña, o reconocer un género musical o hablarte de música desde el conocimiento.

Escuchar música de manera compulsiva no es muy diferente de consumir contenido rápido de gratificación instantánea como TikTok, reels, shorts, etc. El cerebro necesita pausas y silencios para procesar la información recibida. Pero vayamos a información concreta que prueba la validez de este punto.

Un estudio clásico de Stanford demostró que el cerebro utiliza los silencios y las transiciones entre movimientos musicales para «anclar» la memoria y procesar la estructura. Esto significa que para poder almacenar información sobre lo que se escucha, es necesario que existan pausas, ya que es aquí cuando el cerebro trabaja para procesar los ritmos, acordes, melodías, estructuras y demás. Si la música se convierte en un flujo continuo de información, el cerebro tendrá problemas para almacenar lo escuchado de manera que podrías incluso no recordar cuál fue el último álbum que escuchaste hace un día.

Por otra parte, la naturaleza del streaming y la facilidad de acceder a tanta música hace que nuestra relación con esta sea cada vez más superficial y de consumo rápido. Aquí tienen mucho que ver las playlists. La mayoría de las playlist en plataformas como Spotify están diseñadas sólo para repetir en bucle infinito lo que es más popular, contribuyendo a la homogenización de la cultura musical. Poner una playlist es fácil, escuchas decenas de canciones y artistas diferentes en poco tiempo, hay cientos o miles de canciones y puedes pasarlas cuando quieras. Pero lo realmente difícil es hacer que se te quede algo en el cerebro después de devorar por completo cualquier playlist genérica casi diseñada de manera artificial para que no tengas una relación más íntima y valiosa con la música. El tema de las playlists se podría tocar en un futuro artículo.

Pero ¿y entonces qué hacer? La respuesta es fácil: tómatelo con calma. La vida es demasiado corta para afanarte por una tarea que no vas a terminar jamás.

Aprende a tener pausas donde medites sobre lo que has escuchado. Esto te ayudará a forjar un pensamiento crítico sobre la música, mejor si escribes tus pensamientos. Hazte preguntas, nunca dejes de hacerlas: ¿Por qué esto suena así? ¿Cómo lograron este sonido o producción? ¿Qué instrumentos suenan? Mantener la curiosidad viva es importante para redescubrir la historia de la música y nunca perder las ganas de aprender sobre lo que escuchamos. Habla con otras personas sobre música y comparte lo que te gusta. Otra cosa que recomiendo es leer. Leer es casi tan importante como el acto de escuchar la música porque de esta manera transformas un estímulo sonoro en conocimiento teórico y conceptual sobre la música y su historia. Lee sobre historia de la música, sobre tus géneros favoritos y su origen y cómo estos se entrelazan con otros géneros afines, también las biografías de tus bandas o cantantes favoritos, los conceptos y letras de sus discos, etc. Recuerda que el verdadero melómano se diferencia del oyente promedio por su conocimiento teórico sobre las cosas que escucha y sobre la música en general.

¿Y qué cantidad de música es sana de escuchar? Eso lo decides tú. Te daré unas pistas: escucha una cantidad diaria o semanal que te haga poder recordar todo lo que escuchas, reescucha los álbumes y canciones tantas veces como gustes y sea necesario antes de pasar al siguiente. Tampoco escuches tanta música que afecte con tus demás actividades: no conviertas a la escucha musical en tu prioridad ni tu único hobby.

Otra cuestión de enredo mental para los nuevos oyentes es el no saber por dónde empezar entre tantas opciones. La respuesta rápida es, como en todo, empezar por los clásicos. Escucha los álbumes que han marcado un antes y un después en la historia musical e investiga por qué son tan aclamados. Después de esto, y con mucha paciencia, te irás armando tu propio camino a partir de lo que más te vaya llamando la atención, pero, sobre todo, recuerda, lo que vale es que tú te conviertas en el capitán de tu viaje. No dejes que otros decidan por ti lo que debes escuchar (cof, cof, evita las malditas playlists).

Escuchar música de manera compulsiva no trae ningún beneficio —a menos que quieras ser ese que presume no tener vida ni control sobre sí mismo—, por eso hazlo de forma consciente y a tu ritmo mientras te sumerges en su maravilloso mundo. Si quieres, también puedes llevar tu propio registro de escucha en plataformas como Rate Your Music, lo que te sirve mucho si eres un obsesivo del orden en tu biblioteca musical (como yo).

Espero que en el futuro las personas se puedan tomar el tiempo suficiente de profundizar en lo que escuchan, que la música deje de ser un simple acompañamiento de fondo para tapar los silencios, y que aprendamos a disfrutar de la pausa que hace darle sentido al sonido.


 
 
 

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